Archivo mensual: marzo 2012

Después de describir a la protagonista, la dulce y angelical Conchita, se hace necesario hablar del motivo que llevó a tan cándida criatura a abandonar el camino correcto. Decir que se trata de un hombre valiente, aguerrido y un poco sanguinario sería simplificar demasiado su figura. Y es que Diego el mulato también tiene su corazoncito, escondido detrás de los bronceados pectorales. Hoy diríamos que es un joven con problemas de adaptación, víctima de las circunstancias. Proviene de una familia desestructurada: Su madre tiene un pasado y una procedencia “dudosos”, no en vano a nuestro Diego lo llaman “el Mulato”; Su padre es un delincuente reconocido y buscado, un filibustero (lo que se llevaba en el siglo XVII) y únicamente se ha mostrado orgulloso de su hijo cuando delinque a su imagen y semejanza. Pero muy en el fondo quizá Diego, el mulato, tenga escrúpulos. No en vano un ser capaz de enamorarse a primera vista y de enfrentarse a hordas de campechanos para fugarse con su amada, tiene que tener un espíritu romántico que ennoblezca su alma. Aunque se condene por nimiedades como quemar villas o cortar cabezas.

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El caso es que alguien con los antecedentes de nuestro protagonista tiene pocas probabilidades de acabar bien. Si su época hubiese sido la actual sería carne de cañón, de centros de menores primero y  de algo así como “Mujeres, hombres y viceversa” después. Defendería a su “chati” en las discotecas a puñetazo limpio y engrosaría la lista de la temida “generación ni ni”. Pero no, a nuestro Diego le tocó capear otros temporales con otras vicisitudes en una época en la que ser un “ni ni” no tenía la menor gracia así que tenía que dedicar su vida a algo y, ¿qué podría ofrecer él a una niña bien como Conchita? Poca cosa pensarán algunos, una vida apasionada y llena de aventuras pensarán otras…En cualquier caso, el pobre no tuvo otra opción que seguir los pasos de su padre (que, por desgracia, no era sastre ni posadero) claro que, de otro modo, la historia no tendría la menor importancia y nos estaríamos perdiendo una leyenda formidable.

Tanto D’Halmar como Milosz  procedían de un cruce de   culturas y de familias antiguas. Augusto Goemine Thomson   —verdadero nombre de Augusto d’Halmar— era hijo de    Auguste Goemine, exmarino y comerciante bretón —que desapareció cuando D’Halmar tenía 10 años— y de Manuela Thomson, chilena descendiente de suecos y escoceses. A D’Halmar le gustaba especialmente presumir de sus legendarios antepasados escandinavos, por lo que es muy probable que adoptara  su seudónimo de su abuelo materno, John Joachim Thomson, Barón de D’Halmar.

Milosz no se quedaba corto, su madre, Marie Rosalie Rosenthal, era una judía polaca de Varsovia y su padre, Vladislas de Lubicz Milosz, era un exoficial del ejército ruso. Además, Milosz  vivió los numerosos cambios que afectaron  a la región donde nació: Čareja. En aquel momento pertenecía a la Rusia Imperial,  por lo que Milosz era ruso de nacimiento. Se crió en esta región hasta que se trasladó a París para realizar sus estudios. El francés fue la lengua que eligió para su producción literaria. Al independizarse Polonia y Lituania en 1918, se decantó por esta última, aunque apenas conocía la lengua, pero la identificaba con la nación de sus ancestros. Y es que, como cuenta el propio D’Halmar: Oscar Vladislas de Lubicz Milosz «era por línea paterna directo descendiente de los soberanos de Lausacia o Lausitz y, por ende, podía haber sido el pretendiente real de Lituania, si al emanciparla de Rusia el Tratado de Versalles se hubiese restaurado en ella la monarquía. Hubo un momento que en ello se pensó y, como Augusto Villiers de l’Isle Adam cuando renunció a sus derechos a la corona de Grecia, por no tener traje de etiqueta para presentarse ante el Elíseo a reivindicarlos, Milosz me participó su posible elevación al trono de su país, una noche que, con billete de segunda clase, tomábamos en el Chatelet, el metropolitano del Nord-Sud, con dirección a la casa de Alejandro Sux, en Pigalle».

Oscar Milosz y D’Halmar se conocieron en París y desde el primer momento se estableció entre ellos una relación que desafiaba las leyes del tiempo, muy al gusto de los dos: «Al día siguiente de haberle conocido, me escribió la dedicatoria: “Con mi afecto de un día y una eternidad”».

Para D’Halmar el poeta lituano era un maestro, el poeta que le había reconciliado con el verso y el amigo que le enseñó la amistad. D’Halmar llegó a decir: «Yo no traía, quizás, a España, sino la misión de dar a conocer a este poeta». Se convirtió así en el celoso precursor de sus iniciados en España al traducir y publicar una selección de poemas de Milosz en una edición dirigida solo a aquellos que supieran apreciarlo. El libro, publicado en 1922 en la Colección Auriga, tuvo solo una tirada de 100 ejemplares numerados: «Nos apenaría que un solo ejemplar se extraviase en las manos de un indiferente. Amamos demasiado al maestro, para exponerle a la incomprensión; le comprendemos lo suficiente para saber cuán raro es el estado de gracia que su palabra, como toda la palabra de la vida, requiere: Dejemos a los muertos que entierren a sus muertos».

Para esta edición eligió poemas de sus colecciones más evocadoras y líricas, Las Siete soledades y Sinfonías, de la más enigmática Adramandoni y de la más filosófica Confesión de Lemuel. Sin embargo, fue del misterio bíblico Mefibóset —obra dramática cuya traducción también estaba preparando, pero que no llegó a publicarse— del que extrajo este fragmento que ocuparía el lugar de la dedicatoria que abre La sombra del humo en el espejo

“Cada obra varía según quien la lea.

El lector le pone su belleza, su moralidad,

su saber sus caviloseos y suspicacias.”

Tomás Carrasquilla

Quien se acerca por primera vez a la obra de Tomás Carrasquilla no tarda en descubrir que pertenece a esa casta privilegiada de narradores que escapan a las etiquetas. El mismo rigor y la atención por el detalle que con el tiempo se convertirían en su marchamo –y que la intelectualidad de la época, ofuscada por los cantos de sirena del romanticismo, solía afearle como sus mayores defectos– le valieron ser tildado por algunos de costumbrista en un ambiente literario en el que no había mayor pecado que escribir sin adornos en la lengua; pero también le sirvieron para plasmar como nadie antes los profundos contrastes de su tierra natal.

A finales del siglo XIX Colombia se encontraba dividida, no sólo económica y socialmente, sino también por sus costumbres. A un lado, la pujante burguesía de ciudades como Medellín y Bogotá, formada en su mayor parte por comerciantes y funcionarios, descendientes de europeos; pero también por la nueva aristocracia de los terratenientes, dueños de grandes haciendas que buscan un lugar propio en la política y los negocios, a los que la pluma del antioqueño retrata sin piedad en relatos como Esta sí es bola, reprochándoles su provincianismo y estrechez de miras. En el otro extremo, histórico y geográfico, se encuentra el proletariado rural, el paisa, diseminado a lo largo de valles y altiplanos, mayoritariamente indígena pero dueño de una vasta cultura oral, profundamente religioso y celoso de sus tradiciones; este último es el protagonista de gran parte de su producción literaria, y nos ofrece la ocasión de asomarnos a las vidas de unos personajes a veces trágicos, otras heroicos, pero siempre fascinantes, que se resisten a abandonar al lector una vez se cierran las páginas del libro.

Qué decir de nuestra heroína: Conchita. «Conchita, la bella e inocente Conchita, sobre todo, ídolo y encanto de su difunto padre, delicia de toda la familia y bello ornamento de la villa». ¡Hace falta un par para poner a la angelical Conchita en un pedestal, como «ornamento de la villa», a la altura de la estatua ecuestre de algún prócer mexicano! Pero nuestro Justo Sierra no se arredra y nos deja claro en una frase que Conchita es la niña que todo padre quiere que no crezca ni tenga opinión…

¡Para qué hacer una carrera en la Autónoma si a la niña la podemos casar bien con algún mozo de buena familia, tal vez hasta de la nuestra!  Pero el destino funesto siempre se cruza y a las niñas bien, recién en el umbral de la pubertad, a veces se les aparece uno de los malos-malotes, para desviarles del camino recto. Bibliografía sobre el asunto abunda,y muy variada por cierto:

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Nosotros a Conchita nos la imaginamos más pija que Lara Dibildos, para qué mentir… Delicada, de piel nívea y hasta rosadica, ojos azules turquesa como el mar de Yucatán, y movimientos gráciles para ir de casa a misa y de misa a casa… que los tiempos no daban para más juergas. El boceto que nos envía desde China nuestra colaboradora (prima de uno de nosotros, no diremos de quién para mantener la intriga) está tomado de una foto de su primera comunión: la chica ya estaba crecidita, claro.

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Evidentemente, el de Conchita es un caso paradigmático de sobreprotección filial, y como parece que un tiempo atrás un filibustero ávido de sangre se cargó a su padre, y Conchita no sabe muy bien qué hacer con el complejo de Electra, mucho nos tememos que la pobre se va a acabar enamorando del primer desarrapado de tez morena que se atreva a echarle el aliento.

Pero mejor no adelantamos acontecimientos…

“Si en el oro están comprendidos todos los valores, 

en la sencillez están comprendidas todas las virtudes.”

Tomás Carrasquilla

Resulta chocante descubrir cómo un autor al que se ha acusado de emplear un estilo alambicado y de difícil lectura se desenvolvía sin ningún artificio en su vida diaria. Aunque Carrasquilla podía ser un crítico terrible con sus enemigos, era también un polemista formidable al que le gustaba frecuentar las tertulias literarias y los cafés de Medellín, donde no tardaba en enzarzarse en airadas discusiones con otros escritores, pues no era el antioqueño hombre de guardarse opiniones.

De orígenes humildes, antes de alcanzar la fama con sus obras desempeñó los más variados trabajos para subsistir: en distintas épocas de su vida fue sastre, atendió el dispensario de una mina, trabajó como secretario de un juzgado, e incluso ocupó una plaza de funcionario ministerial; que le proporcionaron un amplio conocimiento de los distintos estamentos que formaban la sociedad de su tiempo y un fino oído para los dialectos y las diferentes formas del habla, detalles que luego adoptaría en sus escritos.

Continuará…

Publicado el por Oigame un escuchito | 1 comentario

Para el eminente crítico chileno Hernán Díaz Arrieta, Alone, Augusto d’Halmar era el individuo más raro, enigmático y evasivo de cuantos había conocido. Un vagabundo de porte aristocrático que recordaba la herencia del dandismo al estilo de Wilde. Un gran conversador, melancólico y distante, y un maniático gastronómico.

Augusto d’Halmar hizo de la ambigüedad, de lo evanescente, su esencia; y supo mostrar así lo que todos intuían, su homosexualidad. La atracción homoerótica recorre toda su obra, entendida siempre desde un sentimiento de amor fraternal entre hombres siguiendo la tradición griega, en la que el goce entre los varones supone una unión superior y excelsa, frente a la brutalidad y animalidad de las relaciones de mujeres y hombres cuyo único fin es la procreación. Ya en la constitución de la Colonia Tolstoyana era llamativo, incluso para sus socios fundadores (Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate) su rechazo y aversión a la presencia de cualquier mujer. Siempre sin que nada fuera nombrado. El crítico Alone se refería sutilmente a la sexualidad de D’Halmar como a ese “uranismo” sin el cual no es posible entender nada, aunque tampoco lo explique todo.

En las obras de D’Halmar los amantes conectan más allá del deseo y entablan un amor al estilo más orientalista de fusión de almas, con exuberancia y sensualidad. En su literatura se distingue el amor homosexual solamente físico, que el autor caracteriza negativamente, y aquel trasciende lo físico para alcanzar una mayor consciencia; sería el amor puro pero no exento de carnalidad. Las historias de amor homosexual de D’Halmar se exponen en su mayor profundidad, como una revelación cuanto mayor es su imposibilidad.

Augusto D’Halmar escribió y publicó en España (de 1920 a 1924) la que será una de las primeras novelas de temática explícitamente homosexual, se trata de Pasión y muerte del cura Deusto, considerada como una de sus mejores novelas e incomprendida en su época. En ella se  narra la historia del cura Ignacio Deusto, que llega a la iglesia de San Juan de La Palma, en Sevilla, huyendo de su ciudad natal, Algorta, y de su «mejor amigo» que ha abandonado el seminario para casarse con su hermana. En Sevilla conoce a Pedro Miguel, Aceitunita, gitanillo huérfano que con catorce años ya es demasiado mayor para continuar siendo cantor de la catedral. Deusto se convierte en su mentor para educarlo en ser cantor como medio de ganarse la vida. Pasan los años y Pedro Miguel crece hasta convertirse en un atractivo joven que frecuenta a un grupo de artistas alejándose de Deusto. Los sentimientos de este hacia Pedro Miguel quedan cada vez más claros. Desde una simpatía mutua inicial, pasando por una amistad y un amor sublimado de carácter ideal, hasta que comienza a ser visible el componente físico de ese amor. Finalmente Deusto renuncia a ese amor, correspondido por otra parte, debido a su mentalidad rígida y su compromiso con la Iglesia. En la escena final, Deusto acompaña a Pedro Miguel a la estación de tren cuando parte a Madrid para no volver. Profundamente afectado por la partida, Deusto no quiere oír la locomotora que lo atropella.

 

En el cura Deusto, están plasmados todos los conceptos del amor entre hombres que obsesionaban a D’Halmar, los amantes como maestro y discípulo, la sensualidad, la sublimación de lo carnal, la desilusión, la pérdida y la represión del ambiente.

«Lentamente, Pedro Miguel había venido hasta él, como si le supiese allí, y en silencio se dejó caer a sus plantas y permaneció también casi inmóvil. ¡El templo, la casa parroquial, la parroquia, la ciudad, quién sabe, el mundo entero, todo comenzaba a dormirse en torno de ellos, en la red aisladora de la lluvia! Estaban solos, y no podían hablar sin desencadenar lo inevitable. Entonces, sobre las duras rodillas del sacerdote vasco, vino a descansar dulcemente la cabeza rizada del gitano.»

Dedico mi post de este Día de la Mujer Trabajadora a esta viejita a la que adoro. Es Rita Levi Montalcini, nació en 1909 y lleva ya más de 100 años trabajando. “Estoy estupenda, oigo con audifono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando hoy mejor que nunca”. Perlas así me voy encontrando en el texto dedicado a ella en la preciosa Agenda de las Mujeres del 2012, editada por Elena Lasheras.

Para quien no lo sepa es premio Nobel de Medicina, y sus descubrimientos en el sector de la genética han servido para afrontar patologías neurodegenrativas que afectan a gran parte de la población mundial.

Es además soltera y feminista de pura cepa: “Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio”.

Cuando le preguntan si está preparada para la muerte, dice: “Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice”. “Los mensajes que uno deja, persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.”

Pequeñísimo cuerpo de una enorme mujer. Y viajera en guerra, también, como todas nosotras.

Una de las características de Óigame un escuchito es que en sus cuentos hay numerosas referencias a la fauna y la flora de Antioquia; aquí intentaremos explicaros brevemente esos términos, que podréis encontrar en el libro.

Dice Carrasquilla en uno de los relatos, Simón el Mago: «transportábame a la Tierra de Irasynovolverás siguiendo al ave misteriosa de “la pluma de los siete colores“».

En Arte y trama del cuento indígena, su autor, Carlos Montemayor, comenta que «un motivo recurrente en los cuentos indígenas es la ayuda que todas las aves prestan a la que carece de plumaje abundante». Así es en El pajarito de los siete colores:

«Hubo una vez un pajarito que no tenía ninguna pluma bonita como las del resto de los pájaros. A este pajarito le dolió mucho haber nacido feo, pues cuando iba a espejarse en una sarteneja, notaba que no tenía la belleza del pavo real, el plumaje rojo del cardenal o el plumaje amarillo del X-yuyum, y mucho menos la hermosura de las demás aves. Dios les permitió a todas las aves obsequiarle una pluma, y se convirtió en tan hermoso ser que olvidaba todo por contemplarse en una pequeña poza de agua transparente.

Un día, cuando Dios mandó al pajarito de siete colores a prevenir a los demás pájaros porque los acechaba un gran peligro, ya que se acercaban muchos cazadores al lugar donde habitaban, aprovechó la oportunidad para espejarse en la sarteneja, donde se le olvidó lo que le encomendaron. Pero también, por suerte, la colibrí escuchó lo que Dios le dijo a este pajarito y rápidamente fue a comunicárselo a los demás [...]. Entonces, Dios le dijo que, como castigo por su falta de no prevenir a los demás pájaros, de ahora en adelante solo podría acercarse de día a la sarteneja. Además, sería capturado por el hombre para que fuera enjaulado.

Por esta causa, cuando se le escucha cantar al pájaro de siete colores en su jaula, dentro de una casa o en un patio, está pagando su falta por haber sido olvidadizo».

A nuestro compañero se le conoce también en América como visita-flores. «Sus colores son cambiantes y parecen diferentes por cada parte que se mira y, por esta razón, los llaman también los indios pájaros de siete colores», dice Galo René Pérez en Literatura del Ecuador. 

Y cuando el ave misteriosa de la pluma de los siete colores va a renovar la Cédula de Ciudadanía colombiana, el nombre con el que se presenta es Icterus Croconotus.

...Canta en siete colores...