La salud de Alonso Quesada
Eloy Tizón
A comienzos del siglo xx se gestó en Occidente un cambio de sensibilidad cuyo reajuste más notable fue la limpieza y simplificación artística en todos los órdenes de la cultura, que pareció descender en varios decibelios el volumen de su orquesta: de la vestimenta desaparecen los abigarramientos de corpiños, lacitos y sombreros frutales de las abuelas para apretarse en las siluetas deportivas de las nietas, seducidas por la estética flapper; en arquitectura, se desmantela de las fachadas toda esa pomposidad salomónica de atlantes, neptunos y ninfas para dejar paso a un juego aerodinámico de sombras y silencio. La consigna lanzada por el arquitecto checo Adolf Loos en «Ornamento y delito» (1908) es bastante elocuente y cala en la sociedad: de la voluta versallesca pasamos al módulo de hormigón y a la vivienda prefabricada como «máquina de habitar» de Le Corbusier. En solo una generación la pintura abandona el Olimpo y la grandilocuencia y privilegia los temas menores, despreciados y de andar por casa.