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Para el eminente crítico chileno Hernán Díaz Arrieta, Alone, Augusto d’Halmar era el individuo más raro, enigmático y evasivo de cuantos había conocido. Un vagabundo de porte aristocrático que recordaba la herencia del dandismo al estilo de Wilde. Un gran conversador, melancólico y distante, y un maniático gastronómico.

Augusto d’Halmar hizo de la ambigüedad, de lo evanescente, su esencia; y supo mostrar así lo que todos intuían, su homosexualidad. La atracción homoerótica recorre toda su obra, entendida siempre desde un sentimiento de amor fraternal entre hombres siguiendo la tradición griega, en la que el goce entre los varones supone una unión superior y excelsa, frente a la brutalidad y animalidad de las relaciones de mujeres y hombres cuyo único fin es la procreación. Ya en la constitución de la Colonia Tolstoyana era llamativo, incluso para sus socios fundadores (Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate) su rechazo y aversión a la presencia de cualquier mujer. Siempre sin que nada fuera nombrado. El crítico Alone se refería sutilmente a la sexualidad de D’Halmar como a ese «uranismo» sin el cual no es posible entender nada, aunque tampoco lo explique todo.

En las obras de D’Halmar los amantes conectan más allá del deseo y entablan un amor al estilo más orientalista de fusión de almas, con exuberancia y sensualidad. En su literatura se distingue el amor homosexual solamente físico, que el autor caracteriza negativamente, y aquel trasciende lo físico para alcanzar una mayor consciencia; sería el amor puro pero no exento de carnalidad. Las historias de amor homosexual de D’Halmar se exponen en su mayor profundidad, como una revelación cuanto mayor es su imposibilidad.

Augusto D’Halmar escribió y publicó en España (de 1920 a 1924) la que será una de las primeras novelas de temática explícitamente homosexual, se trata de Pasión y muerte del cura Deusto, considerada como una de sus mejores novelas e incomprendida en su época. En ella se  narra la historia del cura Ignacio Deusto, que llega a la iglesia de San Juan de La Palma, en Sevilla, huyendo de su ciudad natal, Algorta, y de su «mejor amigo» que ha abandonado el seminario para casarse con su hermana. En Sevilla conoce a Pedro Miguel, Aceitunita, gitanillo huérfano que con catorce años ya es demasiado mayor para continuar siendo cantor de la catedral. Deusto se convierte en su mentor para educarlo en ser cantor como medio de ganarse la vida. Pasan los años y Pedro Miguel crece hasta convertirse en un atractivo joven que frecuenta a un grupo de artistas alejándose de Deusto. Los sentimientos de este hacia Pedro Miguel quedan cada vez más claros. Desde una simpatía mutua inicial, pasando por una amistad y un amor sublimado de carácter ideal, hasta que comienza a ser visible el componente físico de ese amor. Finalmente Deusto renuncia a ese amor, correspondido por otra parte, debido a su mentalidad rígida y su compromiso con la Iglesia. En la escena final, Deusto acompaña a Pedro Miguel a la estación de tren cuando parte a Madrid para no volver. Profundamente afectado por la partida, Deusto no quiere oír la locomotora que lo atropella.

 

En el cura Deusto, están plasmados todos los conceptos del amor entre hombres que obsesionaban a D’Halmar, los amantes como maestro y discípulo, la sensualidad, la sublimación de lo carnal, la desilusión, la pérdida y la represión del ambiente.

«Lentamente, Pedro Miguel había venido hasta él, como si le supiese allí, y en silencio se dejó caer a sus plantas y permaneció también casi inmóvil. ¡El templo, la casa parroquial, la parroquia, la ciudad, quién sabe, el mundo entero, todo comenzaba a dormirse en torno de ellos, en la red aisladora de la lluvia! Estaban solos, y no podían hablar sin desencadenar lo inevitable. Entonces, sobre las duras rodillas del sacerdote vasco, vino a descansar dulcemente la cabeza rizada del gitano.»